Hace un par de semanas, despedí al otro pajarito que vive conmigo y que sale en uno más de sus ejercicios de vuelo fuera del nido. Como buena instructora de vuelo que me considero, llevé a mi hijo al aeropuerto pero permanecí a una distancia prudente para que él realizara todo su trámite de salida. Llega al mostrador y presenta sus documentos, entre los cuales se encontraba la carta de migración que necesita un menor para salir del país. Lo atendían dos empleados. El primero codeó al segundo cuando vio la carta, el segundo miró la carta y volteó a ver al “menor”. Un chico de 16 años con 1.90 de estatura y barba tupida lo miraba de frente. Los dos empleados rieron y cruzaron un par de palabras con mi hijo, haciéndolo reír también. Ese segundo empleado alzó la vista para buscar al adulto responsable. Ahí estaba yo a muchos metros de distancia. Cuando nuestras miradas se cruzaron utilicé señas manuales para indicarle mi identidad. Primero hice con los brazos un “arrurru nene” y luego me apunté con un dedo acusador para mostrarle que yo era la progenitora de semejante niñote. Él respondió con una sonrisa y otra señal. Esa señal de dedo que universalmente significa: Ok, bueno, entendido, de acuerdo o, en este caso: “bien hecho”.

El infante sigue en el mostrador conversando y se acerca un chico de los que también viajaría y que ya había realizado su trámite previamente. Conversan, conversan más. Tuve que contener mi espíritu de gallina para no acercarme y ver si existía algún problema. Vi que la maleta de mi hijo ya no estaba. Si había algo en lo que pudiera yo auxiliar, mi hijo voltearía a buscarme. No lo hizo, era mera chorcha viajera.

Durante ese tiempo, me dediqué a observar. Los otros tres compañeros que llegaron eran llevados de la mano por su madre al mostrador, ella colocaba los papeles ante el empleado e inclusive subía la maleta del “niño” a la báscula.

Sí, sí soy mamá gallina en muchos aspectos, como ese de ayudarles a preparar sus maletas y plancharles sus cosas, pero a la hora de que realmente necesitan estirar sus alas, sí los dejo. Me aguanto y no niego ni rechazo ese nudo en el estómago que siento al quedarme sola de nuevo en este otro ensayo de vuelo que permito que mis hijos realicen.

Tengo unos hijos de diez y gran parte de esa calificación me la llevo yo con este tipo de pequeños grandes pasos que damos juntos pero separados, en el camino hacia su madurez e independencia. Todo, todo esto vale la pena y aunque los extraño a los dos, me da gusto recibir sus mensajes de que la están pasando muy bien. Mi nido queda vacio… un rato.

¿Y mientras, qué? Bueno pues ahora me voy de viaje con mi tercer hijo, ese hijo de 240 hojas que ya saben que no dice que no a ninguna presentación y que me acompaña a todo lo que quiero. Les comparto la alegría que me da cruzar fronteras para presentar a mis Príncipes multicolores y ninguno Azul, en Dallas, TX, el próximo sábado 20 de junio. Veamos qué nos depara el destino. La vida no termina, hasta que termina.

Yo viajo, tú viajas, nosotros viajamos....

 

TEXTO: Mónica Oceguera, autora de Príncipes multicolores y ninguno azul.