En un mundo con sabor a selfie, memes y vídeos vírales llega Pasante de Moda con diálogos reflexivos, feminismo, pañuelos y ventas por internet.

 Esta es la historia de un elegante y experimentado jubilado que encuentra en una fashionista y controladora empresaria la oportunidad para rehacer su vida después de tanto tiempo fuera del juego. Una historia que brilla por su sencillez, su humanidad y su falta de antagonista.

 Durante 121 minutos nos permiten disfrutar de sus actores secundarios, entretenernos con su comedia familiar y ver en sus problemas existenciales una proyección cercana a nuestras vidas. El verdadero motor de la película son las emociones y cómo estas tocan a sus protagonistas.

 Los actores se convierten en cómplices por su buena química en pantalla; vemos a una Anne Hathaway cómoda con el papel y como si fuera secuela de El diablo viste a la moda se desenvuelve de forma ágil a lo largo de la trama. Robert De Niro, cual guía espiritual, nos convence de usar portafolio, ser cortés y buen amigo. Un buen papel para revivir a De Niro a pesar de sentirse un poco desaprovechado. Dos ganadores de la Academia en una posición comodísima haciendo frente a un reflejo muy actual.

Esta fusión de épocas, métodos y resolución de problemas es la base de un filme lleno de temas secundarios apenas tocados con detenimiento. El peso de la historia lo llevan los protagonistas sin embargo no deja de ser una cinta ligera, agradable, actual y tremendamente emotiva.

No encontraremos giros sorprendentes en la historia pero si esa sensación de querer ser el salvavidas de alguien o saber con certeza que todos necesitamos un Ben Whittaker (Robert De Niro) en nuestras vidas.

¿Qué veremos? Varios temas desarrollándose al mismo tiempo y pocas veces concluyendo, marketing digital, lindos exteriores, divertidos personajes, relaciones amorosas, preguntas incomodas, e-mails inapropiados, personas inspiradoras, miedo profesional y mejores amigos.

Yo me quedo con el gran trabajo de vestuario, sencillo, elegante y muy ad hoc a la época, y a la pantalla. Me quedo con el sentimiento de ternura cada que el protagonista aprende algo nuevo, las técnicas old school y la brecha generacional.

TEXTO: Gabriela Perales para Premios Apolo