¿Qué le dijo un filósofo a una tortillera?
No hay masa ya.


En mi alma mater - El Instituto de Ciencias - tienen el lema "En todo amar y servir". Así que la institución nos conectaba con experiencias de este tipo. En segundo de secundaria comenzábamos por "La experiencia laboral" esa semana no ibas a la escuela y te colocaban en distintas empresas. A mí me tocó ser tortillera.

El camino se hacía más largo y menos fresa y se rompía poco a poco la burbuja en la que vivo y con miedo rezaba que mi papá no diera con la dirección. ¡Ah! Porque hice trampa, la idea era que nos fuéramos en camión pero mi papá pasó por mí. No digan.

Fue imposible no relacionar el olor y sonido de la máquina de las tortillas con el pánico. Tímida saludé a encargada quien pronto me puso a chambear.



¿Cuánto tiempo ha pasado? ¡Iba media hora!, ¡Quiero a mi mamá! Lloré internamente. Llegó el de la masa y la colocamos una arriba de la máquina y otra en el estante. Mi tarea era tomar una a una las tortillas para que no cayeran al suelo. El no poder darme el lujo de desconcentrarme fue terapéutico. ¿Mi mayor miedo? Los albañiles de enfrente. Me intimidaban.

Pero esta historia tuvo su final feliz. No pasó ni un día y ya sabía calcular un kilo y cantaba con la encargada el éxito del momento: Acábame de matar, pa´que me dejas herido... claro, afiné mi gusto musical, "pos oye" uno necesita que le enseñen lo bueno de la vida y a disfrutar lo que haces.

Descubrí que sólo tenía miedo a lo diferente, pero al final me resultó más familiar que mi propia escuela. Los albañiles le iban a las chivas y aprecié que se volaran conmigo, era parte de la vendimia, venían por su medio kilo y les daba tantito de más, sí, le robé a la empresa.

Agotada llegaba a casa muerta de hambre y con tortillas recién hechas para todos. Los callos de mi mano y mi cansancio me hacían sentirme importante y orgullosa. Y mientras comía sola porque terminaba tarde mi turno podía sentarme en el lugar de mi papá. Y vaya que sí me puse en su lugar. Recordé las veces que llegaba a casa pidiendo silencio y yo decía "Huy que genio". Dios sabe que lo entendí en mi menuda escala.

Y aunque la vida no me ha retornado a los lares del "tortillerisimo" llevo conmigo el recuerdo de lo que vale cada oficio, del esfuerzo y el sudor que existe tras lo que das por sentado y crees que mereces porque sí. Cada vocación tiene su chiste y honro de manera especial a aquella gordita a veces geniuda pero que torteaba como las grandes; y honro a los albañiles que contaban sus pesos para comprarlas. Y esta es mi oda a cualquier persona que se gana la vida. Y estoy sumamente agradecida por haber tenido la oportunidad de ser Miss Tortillas 1998. ¡Si señor!

 

 

Por Lucía Orozco @lucialadeflor / foto Google.