“El tiempo termina por elevar casi todas las fotografías, aun las más inexpertas, a la altura del arte” Susan Sontag.


Cualquiera sabe que es más fácil recordar una imagen que las palabras que la explican, y que los siglos XX y XXI tendrán en las fotografías muchos de sus más elocuentes vestigios. En contraste, los fotógrafos están entre los artistas menos identificados por el gran público: no suelen ser estrellas como los actores o los músicos. La industria halla más fácil vender y explotar el trabajo, la originalidad, el riesgo o el talento de casi cualquier otro artista. 

La Fundación Princesa de Asturias premió la semana pasada sin embargo a James Nachtwey, un fotógrafo. Todavía más: a un fotoperiodista, conocido por sus coberturas de conflictos y guerras. Pero no con el premio de Artes, sino con el de Comunicación.

Repasar sus imágenes famosas revela a Nacthwey, de hecho, como alguien demasiado cercano a la historia de nuestro tiempo (ha declarado que, si la guerra niega lo humano, la fotografía puede ser rival de la guerra): el espantoso retrato de un joven superviviente del conflicto que desangró a Ruanda y Uganda a finales del siglo pasado, con la cara cruzada por cicatrices de golpes de machete; los cadavéricos niños que duermen mientras esperan medicinas contra la tuberculosis; los muchachitos sirios que cruzan alambres de púas como, en tantas otras partes del mundo, hacen más migrantes. Todo esto, por cierto, en dramático blanco y negro, en contraste con su serie a color de la Nueva York del 11 de septiembre de 2001, publicada en la revista Time.

Las fotos de Nachtwey no son ni amables ni agradables y, no obstante, son fascinantes porque son reales y están vigentes. El estupor que dejan no tiene nada que ver con que reconozcamos al artista, aunque sabemos que alguien es responsable de descartar muchas imágenes posibles y escoger ciertos planos, ciertos rostros y, sobre todo, a las víctimas como protagonistas.

Porque, tanto si se ocupan de guerras en Áfricas lejanas como si retratan a los Jaliscos domésticos, los profesionales de este oficio se concentran en lo humano antes de preocuparse por su arte. La obra que dejan es, entonces, es explícita y nunca abstracta, ni siquiera si retrata lo abstracto a propósito: detrás de ella hay gente.

El premio a Nacthwey puede servir para que recordemos a los anónimos profesionales de las -cámaras que trabajan en Guadalajara, en Nueva York o entre los hutus y tutsis: admiraremos la belleza plástica de su obra, celebraremos su elección de uno u otro lente, aplaudiremos la intrepidez con que se cuelan entre balas y bombas o con que deciden conservar una imagen barrida fuera de foco. Pero, como ocurre con todo el arte, serán arte porque así querremos bautizarlas los espectadores. Antes de que las miremos en una galería o en internet habrán sido otra cosa, y en ellas habrá seres humanos que nos lo recordarán.

En internet: www.jamesnachtwey.com

 

 

POR: Iván González Vega